martes, 18 de junio de 2013




"Estoy contigo"

Un suave pitido surgió del reloj de mano del joven. Ya era medianoche, y seguía sin poder conciliar el sueño. No era que no quisiera, solo que sabía que al dormir, la noche sería más corta y otro fatídico día entre insultos llegaría. Si no dormía, al menos, ese día tardaba más en llegar. Suspiró y se sentó en la cama, hundiendo la cabeza entre sus piernas, sin pensar.


"Quiero olvidarlo todo"


"Quiero borrar mi existencia de este mundo"


"Quiero desaparecer"


...


Su mente lo torturaba con frases desalentadoras, siempre deseándole lo peor, siempre queriendo su desaparición. El chico no lo soportó más y rompió a llorar. Solo, en aquella casa habitada por un borracho, una drogadicta y él. En un mundo donde todos se burlaban de su existencia y de su persona. En un mundo donde no tenía nada.


Miró al techo de la habitación llena de goteras, y una gota rodó por su mejilla, simulando las lágrimas que ya no le quedaban.


-¿Por qué me ha tocado estar solo? No he hecho nada malo...





Aunque fue solo un instante, sintió unos cálidos brazos rodeando su cuerpo, a la vez que sentía como su pena desaparecía como por milagro. Miró a los lados buscando el origen de su abrazo, pero solo encontró una turbia oscuridad. Suspiró, más relajado, y decidió dormir de una vez.


El chico pensó que esa noche solo encontraría pesadillas y miedo, pero, para su sorpresa, estaba en un paraje rodeado de nubes blancas, con una resplandeciente nube encima de él. No alcanzaba a ver qué había por debajo de aquellas esponjosas nubes, ya que eran demasiado densas. Miró a un lado, esperando ver algo más.


-Bienvenido.


A su lado, levantada, había una joven vestida con un simple uniforme escolar que no reconocía. Su pelo era blanco, ondulado y se mecía con pureza ante el viento que había entre aquellas nubes. Su rostro era ovalado y bien definido, parecía un ángel, pero no tenía alas. Lo miraba con unos intensos ojos azules, que brillaban bajo la luz de la luna. Su sonrisa era pura y sincera.




-He escuchado tus palabras. He escuchado tu sufrimiento. Quiero ayudarte.


Antes de que el chico pudiese responder algo, la extraña joven le abrazó. En efecto, era la misma calidez que había sentido en su habitación.


-Nunca volverás a estar solo. Yo estoy contigo.


Ella sonrió y le tendió un colgante con la forma de las alas de un ángel. Tenían, además, un pequeño y plateado cascabel, la joven sonrió.


-Cada vez que necesites mi ayuda, haz sonar esto y allí estaré.


-¿Por qué haces esto? No lo merezco.


Aquella pregunta pareció sorprender a la chica, que lo miró con desconcierto.


-¿No me recuerdas?


Él la miró con nuevos ojos, intentando buscar en ella algo que reconociese. Sentía que había algo, pero no lograba recordar el qué.


-Akito, soy yo... Soy Yuko.


En ese momento, la luz de los recuerdos se cernió sobre Akito. No eran recuerdos bellos. Era una infancia igual de amarga que su adolescencia, pero solo con la pequeña diferencia de que en su infancia había alguien... Pero ese alguien murió joven debido a una enfermedad. Se habían jurado amor eterno en la pre adolescencia, pero esa joven jamás le había buscado desde el mundo de los muertos... Nunca, hasta ahora.


-Has tardado mucho, Yuko.


-Lo sé, perdóname, ahora ya estoy aquí para siempre.


-¿Puedo quedarme contigo? No quiero volver ahí.


-Resiste un poco más... Si mueres, volverán a separarnos, pues el suicidio te mandaría al averno.


-¿Solo un poco de espera entonces?


-Apenas unos años a cambio de una eternidad.


-Dime que al menos te veré cada noche...


Tras una afirmación de cabeza de Yuko, el joven empezó a sentirse mareado, a punto de despertar en la realidad.


-Volveré, Yuko.


-Nunca lo he dudado.


Antes de perder la consciencia, Yuko dejó al descubierto unas grandes alas blancas, con las que apartó todas las nubes para dar paso a una infinidad azulada.


-Te quiero, Akito.


Tras esas palabras, el joven despertó en su oscura habitación, con el colgante de Yuko entre sus manos. Lloraba sin parar, ya no sabía si de tristeza o felicidad, pero lloraba. No paró durante horas, hasta que tuvo la fuerza de sonreír al salir el primer rayo de sol.


-Yo también te quiero, Yuko. Para siempre, como te juré...








Para siempre...

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